Unos días antes.
Ella ya no llora. No, no lo hace después de unos cuántos meses. Abre las cortinas blancas de su habitación y observa el sol. Es bonito, se dice a sí misma, y cierra sus ojos dorados debido a la luz. Se los restriega. Y lo vuelve a hacer, así unas cuántas veces, hasta que al fin se da cuenta de cuál es la situación.
Se sienta en la cama con su diario en las manos. Lo abre por la página cincuenta y siete, y con su bolígrafo azul con una pegatina de Bob Esponja, comienza a escribir.
Escribe y tacha, vuelve a escribir, y después de unos cuántos minutos se da cuenta de que eso no es lo que refleja su estado actual, por lo que vuelve a tachar. Así unas cuántas veces. Demasiadas.
-No me extraña que los demás no te entiendan, -dice una vocecita baja dentro de su cabeza-, ni tú misma lo haces.
Decidida, coge de nuevo el bolígrafo y con letras grandes y bien legibles escribe: “Ahora, este, es mi momento”.
Sí, no necesita nada más, lo refleja todo.
Cierra el diario que la regaló mamá hace unos cuántos años y lo deja encima de la mesa de madera, al lado del ordenador. Guarda su bolígrafo en el estuche y se dispone a ducharse. Hoy es otro día más.
¿Nunca habéis sentido que nadie os entiende? Porque yo sí. Me siento como la aguja en el pajar, como Wally entre toda esa multitud que no hace nada más que esconderle. Así me siento yo. Y de repente, cuando parece que todo va bien, se derrumba. Sí, sin más. La torre se cae, Wally desaparece, la aguja vuelve a ser lanzada al pajar por un niño que la había encontrado.
Realmente, puede que nadie me esté entendiendo, pero estoy acostumbrada.
-Aunque a partir de hoy las cosas van a cambiar. –Se dice a sí misma mientras se seca el pelo y después, se lo plancha.- Empezando por ti, bebé.
Él, él es el chico por el que cualquiera hubiese caído rendida. No, no, quizás no es muy guapo, pero, ¿eso qué mas da?
Él tiene unos bonitos ojos azules verdosos, el pelo rubio y es delgado. Bajito además, pero a la vez, de la misma estatura que yo, aunque él admita que me supera. No, tampoco es pijo, quizás sea de los chicos más normales del instituto, pero hay algo que te llena. Sí. Tampoco tiene la voz bonita, no, desde luego que no, pero sabe expresar exactamente lo que quiere decir con dos palabras. Y esas dos palabras a Emily la hacían vibrar. Sí, Emily soy yo, la chica tímida. La tonta, la estúpida, sí, quizás soy eso también.
-Buenos días campeona.-Dice papá mientras se sienta en la silla de enfrente mía y yo dejo mi plato en el fregadero.
-Hasta luego papi.-Le digo adiós con la mano y echo a correr hacia el instituto.
Voy a primero de Bachillerato, y sí, tengo 16 años. Soy de las más pequeñas de clase.
Se me olvidaba deciros, que también soy muy despistada, sí, demasiado. Tan solo me hace falta ponerme los cascos para ir a mi mundo y no acordarme de nada. Sí, sumergirme en mi historia perfecta. Bueno, perfecta a mi manera.
Giro a la derecha, todo recto, y vuelvo a cruzar hacia el banco de la calle más larga de mi ciudad. Vuelvo a cruzar, pero ahora hacia la izquierda.
Y de repente, todo se acelera.
Ves a una moto frenar, a gente gritar y tus ojos no son capaces de mirar a otro lugar que no sea la rueda delantera de esa moto.
Miles de fotografías pasan por tu cabeza, como si de mil fotogramas se tratase. Yo. Yo con papá. Yo sonriendo. Yo llorando. Mamá. Papá. Él, él, él, él y yo, y él.
Cierro los ojos.
Estúpido, ¿verdad? Es un acto reflejo, como cuando nos tapamos con una sábana pensando que hay alguien en nuestra casa. ¡Cómo si eso nos pudiese proteger! Pero los seres humanos somos más felices pensando que algo tan insignificante puede salvarnos la vida, somos menos vulnerables cuánto menos vemos. Quizás en eso se resume la vida, en pasar sustos, y después de ello, volver a armarte.
-Perdona princesa, ¿vas a quedarte aquí en medio mucho tiempo? Llego tarde al instituto.-Me dice una voz temblorosa, pero a la vez segura. Grave.
Abro los ojos y no, nada ha pasado.
-Joder, ¡por casi me matas! Mira por dónde vas, ¿no?-Me bajo el volumen de la música y respito hondo. Inspira.
-Perdóneme señorita, pero quizás es usted la que debería de mirar por dónde va.-Se vuelve a poner el casco y vuelvo a perder sus ojos. Arranca y se va.
Continúo andando mientras voy mirando al suelo, y me doy cuenta de que realmente, bajo mis pies, no hay ningún paso de cebra. Estúpida.
En la actualidad.
No se lo puede creer. Aún no lo entiende. No lo puede imaginar. No puede concebir que ella pueda tener tanta mala suerte.
¿Será esto a causa del karma?, se pregunta continuamente mientras se mira al espejo y se pinta la raya debajo de sus ojos dorados.
La causa de su desconcierto es nada más y nada menos, que Jason está en su colegio. En su curso, en su clase, y no solo eso, si no que en su misma fila de clase. Sí, Jason, el mismísimo Jason, el chico que por casi la atropella con la moto. Ese mismo. Y no, no le guarda rencor, en absoluto.
-¿Seguro que no lo haces?-La pregunta Alisson, su mejor amiga. Otra vez volviendo a hablar en alto, Emily.
-No. No estoy segura. Es un creído, ¿quién se cree que es? –Doy un golpe en el cristal del baño del instituto y la miro a través de éste- No se puede ir por ahí presumiendo de ojos, coño, no, no se puede, ni de sonrisa, tampoco.
No puede, no puede más. Le mataría. La saca de quicio. No le aguanta, no. No hay día en el que no la recuerde lo del accidente del otro día. También que está loca por ver pasos de cebra donde no los hay.
-A ti lo que te jode, es que esté con Alice. Punto y final. –Dice mientras tira de mi mano y salimos al pasillo para ir a comer- Y cuánto antes lo aceptes, mejor será.
-No. Bueno sí. No lo sé. –Me río. Nos reímos.- Pero gracias por recordármelo.
Alice es una chica del grupo de animadoras. Es morena con ojos azules. Es la chica popular del instituto, sí, la típica chica que todos conocemos, la que se cree superior, por la cuál todos los chicos están colados. Esa.
Al entrar al comedor paso mi vista por todos los sitios. Uno a uno. Buscándole, a él, a Aaron, el chico por el que hubiese dado mi vida. Sí. El que os conté antes. A ese.
Llevo mucho tiempo sin verle, sin perderme en su mirada, y aunque me asusta eso, en el fondo me alegro.
Sin quererlo me encuentro con otros ojos, sí, los otros ojos azules. Los de Jason. Los del chico chulo y engreído, y me sonríe. Le sonrío y le hago un corte de mangas.
-Tía, no te pases.-Me dice Alisson.
-No le aguanto, lo sabes.-Suspiro.-Aunque supongo que quizás estoy siendo un poco dura con él.
Cojo mi comida y la pago. Sí, aquí en mi ciudad, se come aquí. En el recreo. Y coges lo que quieras. Es como... un buffet, supongo.
-Quizás, pero quiere hablar contigo.-Me da un codazo en el hombro.-Te está indicando que vallas.